Una insensata búsqueda
Una mujer estaba buscando afanosamente algo alrededor de un farol. Entonces un transeúnte pasó junto a ella y se detuvo a contemplarla. No pudo por menos que preguntar:
–Buena mujer, ¿qué se te ha perdido?, ¿qué buscas?
Sin poder dejar de gemir, la mujer, con la voz entrecortada por los sollozos, pudo responder a duras penas:
–Busco una aguja que he perdido en mi casa, pero como allí no hay luz, he venido a buscarla junto a este farola.
Anónimo.
Cuentan que un verano de hace mucho, mucho tiempo atrás, los Oceti-Shakowin, los siete consejos sagrados de los Lakota Oyate y la nación Siux, se reunieron para acampar juntos. El sol brillaba constantemente, pero los animales habían desaparecido y el pueblo sufría de hambre. Cada día se enviaban exploradores en busca de animales para cazar, pero los exploradores no encontraban nada.
A menos de que conozcas la mecánica fundamental del ego, no podrás reconocerlo y caerás en el error de identificarte con él una y otra vez. Esto significa que el ego se apoderará de ti y fingirá ser tú. El acto mismo de reconocer, es uno de los mecanismos para despertar. Cuando reconozcas tu inconsciencia, será precisamente el surgimiento de la conciencia, el despertar.
LAS ENFERMEDADES PUEDEN VERSE COMO VIAJES DE INICIACIÓN CHAMÁNICA EN LOS QUE NUESTRO CUERPO Y ESPÍRITU PODRÍAN ESTAR REVELANDO UN PROFUNDO MENSAJE, UN LLAMADO A TRANSFORMARNOS Y, A LA VEZ, PONIÉNDONOS A PRUEBA
Cuenta una leyenda que hace millones de años, desde el cielo dos hermanos, Pachacamac (el dios creador del mundo) y Wakon (el dios del Fuego y del Mal), posaron su atención en una atractiva y encantadora joven: Pachamama (Madre Tierra). Atraído por su gran belleza, Pachacamac no dudó en conquistar el corazón de aquella joven. Pachacamac, dios del cielo, se unió a Pachamama y de esta unión nacieron los gemelos llamados Wilka, varón y hembra.
Hinmatóowyalahtq̓it (“trueno que retumba en las montañas”) era el nombre original de Jefe Joseph, que fue rebautizado por un misionero británico. Su padre dirigió durante mucho tiempo el destino del grupo de indios “nez percé” del Valle del Wallowa, una vasta zona fértil, rica en pastos para los caballos y con un clima templado en la que había vivido esta comunidad de seres humanos durante un gran número de siglos